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Edición 2026

Cena cóctel en el Aquarium, eclipse incluido: nuestra noche de fuegos en la terraza Mare

El miércoles 12 de agosto fuimos a la cena cóctel que el Aquarium monta las noches del concurso de fuegos: acuario de noche, pintxos frente a la bahía y el disparo desde la terraza. Y de propina, el eclipse. Esto es lo que comimos, lo que nos encontramos y lo que nos llevamos.

Cena cóctel en el Aquarium, eclipse incluido: nuestra noche de fuegos en la terraza Mare
Esteban de Aymerich / semanagrande.com

Imagen usada con fines informativos. Todos los derechos pertenecen a sus respectivos titulares. Más información en el aviso legal.

Cuando reservamos, hace semanas, el plan era este: entrar al Aquarium a las ocho, recorrerlo de noche, cenar de cóctel en la sala Thalassa mirando a la bahía y subir al final a la terraza Mare a tomar el postre mientras disparaban los fuegos. Nos pareció un planazo tal cual.

Y unos días después nos avisaron de que esa noche cambiaba un poco, porque caía el eclipse: había que entrar antes, hacer la visita algo más rápida y subir a la terraza a verlo. Menuda suerte la nuestra.

Fue el miércoles 12 de agosto de 2026, la noche que le tocaba a Pirotecnia Valenciana en el Concurso Internacional. Llegamos a las siete y cuarto y nos marchamos pasadas las once. Y avisamos ya de una cosa: esto iba a ser una crónica de cena y fuegos, y vamos a tardar un buen rato en llegar a la cena.

Ah, y el aviso de siempre: nos avisaron del cambio de programa a quienes teníamos reserva, pero no lo hemos visto publicado en ningún sitio. Lo contamos como lo que es, un aviso que nos llegó, y no como si fuera el programa oficial.

Empezamos como hay que empezar: con una copa en la mano

Nada más entrar nos colgaron del cuello las acreditaciones de la velada y nos ofrecieron una copa de cava. La cogí yo; Elena no bebe alcohol. Aun así, el detalle cambia el tono de la noche entera: entras con la copa en la mano en vez de haciendo cola.

Aquí tengo que confesar una cosa, porque si no, no se entiende nada de lo que viene después. Soy un fanático de los acuarios, y del de Donostia mucho más. En su día una de mis ideas era estudiar biología marina; acabé estudiando diseño gráfico y llevo un porrón de años de programador, que ya ves tú qué carrera más marina. Pero el mar, el buceo y los bichos que viven ahí abajo me siguen pudiendo. Así que para mí el plan ya salía con ventaja.

El acuario casi para nosotros

De la visita poco puedo decir que no sepa ya cualquiera que haya ido: es el Aquarium de siempre, en toda su esencia. La diferencia es que esa noche los pasillos estaban casi vacíos. Ir a tu ritmo entre las peceras grandes, pararte lo que te dé la gana delante del pez león o de los centollos, y cruzar el túnel sin nadie delante es otra cosa completamente distinta a hacerlo un sábado de agosto.

El túnel acristalado del oceanario del Aquarium de San Sebastián, completamente vacío, con los peces nadando sobre la bóveda
El túnel, sin nadie delante. Eso es lo que se compra con la visita nocturna.

Nos sentamos un rato en el suelo delante del gran oceanario, a mirar. Con eso ya iba servido. Pero la noche dio para bastante más.

Arriba, en la terraza Mare: quesos, gafas y un piano

Subimos a la terraza y creo que nunca había estado ahí arriba. Menudo lujo. Se ve la bahía entera desde la punta del muelle, con la isla enfrente, Igueldo cerrando por la izquierda y el Paseo Nuevo justo debajo, lleno de gente.

Y nada más llegar, una tabla de quesos impresionante para picar mientras esperábamos al eclipse; la cena venía más tarde y abajo. Con lo que a mí me gusta el queso, aquello ya fue jugar con ventaja: cuñas, tacos, azules, uvas, orejones, pasas… un despliegue enorme.

Confieso una manía que no pienso corregir: las pasas no me gustan. No me han gustado nunca y no me van a gustar. Pero entiendo perfectamente que en una tabla así son de lo más agradecido, y ahí estaban para quien las sepa apreciar. Yo fui directo al queso.

Al lado, un cesto con gafas de eclipse homologadas para quien no llevara las suyas. Vamos, que no se dejaron ni un detalle.

Barquilla de papel con tacos de queso, queso azul, picos y crackers apoyada en el muro de la terraza del Aquarium, con el monte Igueldo y el sol reflejado en el mar al fondo
Se sirve en barquillas y el muro de la terraza hace de mesa. Esto era el picoteo de la terraza; la cena venía después, abajo.

De fondo, piano en directo en la propia terraza. No sé qué más se le puede pedir a una tarde de agosto.

Y ya que estamos: todo el catering de la noche —los pintxos, la barra, la gente que atendía— era de Ona catering. Buen material, buena presentación y un equipo majísimo. Lo decimos aquí y no volvemos a repetirlo, pero se nota durante toda la velada.

El eclipse, que no estaba en el plan cuando reservamos

En Donostia el eclipse fue parcial, no total: aquí no se veía la corona. Según el Instituto Geográfico Nacional, empezó a las 19:31, alcanzó el máximo a las 20:27 con una magnitud de 0,996 y terminó a las 21:15, con el Sol a apenas 7,6 grados sobre el horizonte.

Todo el mundo andaba loco con el tema, con gente cruzando medio mundo para verlo desde el mejor sitio posible. Y yo… qué quieres que te diga. Estaba en el que para mí podía ser el mejor sitio del mundo, con la persona a la que más quiero, viendo algo que hace unas semanas ni sabíamos que iba a pasar. Y con queso. Con una tabla de quesos como aquella. Poco más se puede pedir.

Llegó el máximo y se notó ese bajón de luz raro, como si alguien bajara un regulador. No tengo palabras para describirlo bien; fue de esos ratos de «no sé, no puedo pedir nada más». Curioso, bonito, en uno de los sitios más bonitos de la ciudad y con la mejor compañía posible.

El Paseo Nuevo de Donostia completamente lleno de gente mirando al horizonte, con la isla de Santa Clara y el monte Igueldo al fondo, en el momento del máximo del eclipse
Las 20:27, el máximo. Desde arriba se ve a la ciudad entera mirando al mismo punto.

Un apunte de fotógrafo aficionado, por si vas con el móvil a la próxima: en nuestras fotos el Sol sale redondo, porque el móvil lo quema y se come el mordisco. Lo único que delata el eclipse en nuestro material es el reflejo interno del objetivo, que en las tomas del máximo aparece como una pequeña media luna verdosa abajo a la izquierda. Es curioso, pero no esperes traerte de casa la foto del siglo con el teléfono.

A cenar: la preocupación de Elena y la mía

Al rato nos avisaron para bajar al comedor. Y aquí hay dos preocupaciones que traíamos de casa y que conviene contar, porque seguramente no somos los únicos.

La de Elena: llevaba días con la mosca detrás de la oreja por lo de estar de pie toda la tarde y toda la cena. La palabra «cóctel» asusta un poco en ese sentido.

Pues bien, estaba organizado por mesas, unas altas y otras bajas, y al bajar nos recibieron y nos acompañaron a la nuestra: una mesa pequeña, de dos, pegada al ventanal, con la bahía entera delante. Nos podrán decir lo que quieran, pero para nosotros nos tocó la mejor mesa de la sala.

Esteban y Elena brindando con los vasos de salmorejo en su mesa junto al ventanal del Aquarium, con la bahía y el Paseo Nuevo llenos de gente al otro lado del cristal
Nuestra mesa. Al otro lado del cristal, el Paseo Nuevo todavía sin vaciarse del eclipse.

La mía era otra: en más de un cóctel hemos pasado canutas para pillar un pintxo entre la multitud, y uno ya va escamado. Pues tampoco. Los pintxos van pasando por las mesas, así que no hay que pelear con nadie.

La bebida sí se pide en la barra —Elena, su Coca-Cola de siempre; yo me pasé a la cerveza, que el cava me gusta pero para qué nos vamos a engañar—, y a partir de ahí no conseguí tener la copa vacía mucho rato: en cuanto me veían sin nada, se acercaban a ofrecer otra.

Los diez pintxos, que son los de la tarjeta

La tarjeta de la mesa se titula «Menú Semana Grande 2026», y esto es exactamente lo que pone:

  • Croquetas de jamón y chuleta
  • Salmorejo
  • Langostino crujiente
  • Bocadito de foie micuit artesano con mermelada de higos
  • Cucharita de salmón marinado con mahonesa al wasabi
  • Hojaldre de txistorra
  • Ceviche de langostino, corvina y mango
  • Cucharita de pimientos asados a la leña con ventresca
  • Ravioli artesano de txangurro con salsa de cebolla al Somontano
  • Brocheta de solomillo con salsa de trufa

A mí me sacas un par de pintxos de tortilla y unas croquetas y soy más feliz que una perdiz, así que imagínate el despliegue. Hay pintxos que si me preguntas qué eran no sabría decírtelo, y alguno ni nombrarlo bien: me imagino perfectamente un monólogo entero solo con leer la lista en voz alta. El ceviche es el ejemplo perfecto —ni leyendo el nombre tenía yo claro qué me iba a encontrar—, y estaba buenísimo.

La cucharita de salmón marinado llegó en una bandeja enorme llena de hielo seco humeando. Puesta en escena, que le llaman; a nosotros nos hizo gracia.

Bandeja redonda llena de hielo seco humeando con las cucharitas de salmón marinado con mahonesa al wasabi encima, en el momento de servirlas
El salmón marinado, llegando entre humo.

Y sí: en algunas rondas, cuando volvían a pasar, nos ofrecieron repetir. Se ve que el equipo contaba con que llegaríamos con hambre. Eso es lo que nos pasó a nosotros esa noche, ojo, no algo que el plan prometa.

Yo empecé la cena convencido de que iba a acabar pasando por algún bar de la Parte Vieja a por un bocadillo, y a mitad de faena ya se lo estaba confesando a Elena: con hambre no íbamos a salir de aquí ni de broma.

De fondo, dos DJ pinchando durante toda la velada, con una selección que nos pareció muy acertada: acompañaba sin taparlo todo, que en una cena es justo lo que hace falta.

El precio, y de dónde lo sacamos

El precio no aparece en la tarjeta que fotografiamos, que solo lista los pintxos, así que lo tomamos de la tienda oficial de San Sebastián Turismoa, que es donde se vende el plan (no en la taquilla del acuario ni en su web): 90 € por persona, IVA incluido. En 2026 se ofrece cuatro de las ocho noches del concurso: el 8, el 12, el 14 y el 15 de agosto.

Y aquí va lo práctico, porque escribimos esto al día siguiente de nuestra noche: cuando se publica esta crónica todavía quedan por delante las del 14 y el 15 de agosto. Las plazas son limitadas y no se venden en la taquilla del acuario, así que si te ha entrado el gusanillo, conviene mirarlo pronto.

Los fuegos desde la terraza Mare

La brocheta de solomillo fue lo último, y estaba espectacular. Cuando nos la trajeron pregunté si era ya el último pintxo, me dijeron que sí y que al terminarlo podíamos ir subiendo a la terraza. Los tiempos estuvieron muy bien llevados: acabamos con margen de sobra para colocarnos arriba sin agobios. Como todavía quedaba bastante gente en el comedor, nos pillamos un buen hueco.

Y ahora la parte que a mí me interesa contar de verdad. Esta zona es de mis favoritas para ver los fuegos: todo el entorno de Urgull, el puerto, el Aquarium y la subida hacia el Paseo Nuevo. Estás lo bastante cerca como para verlos grandes y para oírlos bien, muy bien, y a la vez tienes el mar por medio, que devuelve los reflejos y le pone la mitad de la magia. Y nosotros, un poco más arriba, en la terraza. Sin palabras.

Gran esfera dorada de fuegos artificiales abriéndose sobre el centro de Donostia, con el humo acumulado a la izquierda y la playa iluminada abajo
Pirotecnia Valenciana sobre la Concha, con el puerto y el Paseo Nuevo en primer plano.

Los fuegos de esa noche nos gustaron mucho. No sabría decir si por los fuegos en sí, por el sitio, por la compañía o por la cena. Por todo, supongo. Los vídeos de esta página llevan el sonido original, así que puedes hacerte una idea bastante fiel de cómo se oyen desde ahí.

Ah, y mientras tanto fueron sacando bandejas de pastelitos: el postre, ya en la terraza y con los fuegos encima. Con hambre no íbamos a salir, más que confirmado, y terminar con algo dulce mirando al cielo pues… ni tan mal.

La retirada

Al acabar íbamos a irnos y nos dijeron que podíamos quedarnos, que hasta las 00:30 seguía habiendo música y barra. Muy tentador. Pero preferimos marcharnos: una retirada a tiempo también es una victoria, y todavía nos quedaba cruzar el puerto e intentar pillar un par de bicis de Dbizi para volver a casa.

Disfrutamos de la visita al acuario, disfrutamos del eclipse, disfrutamos de la cena y disfrutamos de los fuegos. Cuatro veces «disfrutamos» en una frase, que ya es un veredicto en sí mismo. A nosotros nos pareció una experiencia muy recomendable; puede que a otra gente le encaje de otra manera, claro, pero nosotros salimos encantados.

Lo que aprendimos, por si vas

  • «Cóctel» no significa cenar de pie. Hay mesas asignadas, altas y bajas, y los pintxos pasan por ellas. Si te preocupaba, respira.
  • La bebida se pide en la barra, pero luego pasan a reponer. No hace falta plantarse allí.
  • Se reserva en la tienda oficial de San Sebastián Turismoa, no en el acuario, y las plazas son limitadas.
  • La visita al acuario, casi vacío, es media gracia del plan. Si vas con prisa te la pierdes, y es de lo mejor de la noche.
  • Sube a la terraza con tiempo para los fuegos. Nosotros subimos en cuanto acabamos el último pintxo y cogimos buen sitio.
  • Desde ahí se oyen de lleno. Si lo que buscas es notar la pirotecnia y no solo verla, esta zona del puerto cumple.
  • Al terminar puedes quedarte hasta las 00:30 con música y barra. Nosotros no lo hicimos, pero está ahí.

Todas las fotos y los vídeos son nuestros, hechos esa noche. Si quieres la ficha del plan con calma, la tienes en nuestra selección de experiencias; si lo que buscas es el concurso y quién dispara cada noche, está en el hub de los fuegos de la Concha; y las otras noches que hemos ido contando —La Perla y el Asador Alaia—, en nuestras crónicas.

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